DELHI

¿Qué siento cada vez que regreso a Delhi? Que estoy en el centro del mundo, créanme. Sólo unos pocos días son necesarios para que esto suceda. Una analogía bien fácil les aclarará esta sensación. India es como una hiedra. La cultura más rica y multiforme del mundo se te agarra fuertemente al cuerpo y ya no te suelta. Sus acróbatas ramificaciones, la música, el olor del curry y el incienso, el tañer de campanas de los templos, las películas de Bollywood, los trazos del astrólogo y el adivino, y el trueno que precede al monzón, se te enroscan por todas partes y pronto vibras con ellas. Nunca me ha sucedido en otra parte. India late dentro de ti y el resto del mundo desaparece por completo. Delhi suele ser la raíz de esta planta tan hipnótica. Hay otras ciudades más risueñas o hermosas, pero amigos, sólo existe una urbe como ésta. Sus atributos son esquivos, pero ahí están los testimonios de su apabullante historia para atraparlos. Se la conoce como la ciudad de los “djinns”, porque la capital de la India es como un hechizo, un salón de múltiples espejos donde cada uno es un geniecillo que muestra una realidad distinta. Delhi es inmensa y la primera vez que llegas a ella te noquea literalmente, en más de un sentido. Sus quince millones de habitantes viven en uno de los climas más extremos del subcontinente indio. Quien ha pasado aquí los tórridos meses anteriores al monzón, es muy probable que no lo olvide en su vida. Los inviernos son gélidos y desapacibles. La vasta planicie indogangética en la que se encuentra la ciudad hace a la vez de horno y refrigerador, sin término medio.